Dicen los que saben, que Proust, Joyce y Kafka fueron los responsables de revolucionar la novela durante la primera mitad del siglo XX.
No es el momento de opinar sobre Joyce y Kafka, en alguna otra ocasión lo haré, pero por ahora me enfocaré exclusivamente en Proust. Las razones que recuerdo he escuchado o leído para decir que Proust revolucionó la novela son más o menos las siguientes:
- Detalla a la perfección las relaciones entre sociedad e individuo.
- Realiza un minucioso análisis del carácter de sus personajes y es capaz de captar hasta las manifestaciones más sutiles del alma humana.
- Su análisis social y psicológico es de una extraordinaria riqueza y de gran complejidad en su construcción.
Y por más que leo y reflexiono, ninguna de las razones anteriores me convence de esa tan refrita opinión sobre la revolución de la novela. Relaciones entre sociedad e individuo, ¿y dónde dejan a Flaubert, y a Stendhal? Análisis psicológico y descripción de la vida mental, ¿y Dostoyevski?
Lo único que me parece realmente innovador es su preocupación por el tiempo, pero tampoco hay que exagerar; en el prólogo a la edición que leí decía que, desde Proust, el tiempo ha pasado a ser el protagonista de la novela, pero por más que intento recordar las novelas del siglo XX que he leído, no encuentro ninguna en que el tiempo tenga tanta relevancia.
Hay que ser claros y justos en nuestros comentarios. Proust fue un excelente escritor, pero, aunque me encantaría creerlo, afirmar que revolucionó la novela no es más que pretensión de decir algo culto e inteligente sin ningún sustento válido.
Por el camino de Zwann es uno de los libros que, para ser leídos, requieren litros y litros de café, imposible hacerlo de otra manera, no podríamos pasar más de dos páginas seguidas sin caer profundamente dormidos. Y no significa esto que el libro sea malo, ni siquiera aburrido, simplemente es demasiado lento, pero es una lentitud hermosa, extremadamente melancólica.
El momento más desgarrador es, sin duda, el principio, cuando el niño sufre al saber que esa noche no recibirá el beso de su madre. Este principio es una advertencia de lo que seguirá, me gusta pensar en Proust buscando las palabras ideales para dar al lector una excelente oportunidad de seguir o abandonarlo.
Pero hay otros momentos maravillosos como el sueño de Zwann en que al final se da cuenta que aunque él ha estado caminando con Odette y Napoleón III, el muchacho que llora a su lado es también él; explicación maravillosa para el final del sufrimiento, su otro yo sufre pero su yo consciente (aunque onírico también) ha quedado tranquilo. O cuando describe una pieza musical como algo existente por sí mismo y cuyo compositor es solamente el encargado de quitarle los velos, la paja, todo lo que estorba, para poder mostrarlo al mundo. Podría escribir sobre muchos momentos extraordinarios que encontré durante la lectura, pero no es ese mi objetivo aquí, los dejo para el descubrimiento de los futuros lectores, o para el recuerdo de los anteriores.
No encuentro la manera, ¿cómo terminar este comentario si aún me faltan miles de páginas del Tiempo Perdido?